Ahora que eres hombre te das cuenta de tu error.
Tus ojos, tan brillantes como el acero de tu espada sin desenvainar, se incendiaron con los cuentos de la atractiva y manipuladora señorita Guerra. Su perfume a victoria y gloria te nublaron los sentidos y corriste a atraparla. La saboreaste con tus manos, creíste tenerla en tu poder, ser más fuerte que ella, pero la señorita Guerra es astuta y de un golpe certero te arrancó tu juventud. Ella, experta en cantos de sirenas, te prometió el Olimpo y en cambio, obtuviste el Infierno del que hablan los cristianos. Y ahora, siendo hombre, todo te sabe a insípida derrota. Ahora que eres hombre entiendes que ningún triunfo fue verdadero. Y ahora, tus ojos observan el mundo habiendo adquirido el color mate de la sangre seca que mancha tu espada.

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